Archivos Mensuales: mayo 2013

Tom Jones, Henry Fielding

Tom Jones es uno de los grandes clásicos de la literatura inglesa de todos los tiempos.

Esta novela nos cuenta la historia de Tom, expósito nacido, en circunstancias poco claras, en casa del rico y bondadoso Mr. Allworthy. Es una novela que, en mi opinión, comparte, a partes casi iguales, características de la novela picaresca, la novela de aventuras y el folletín.

La novela nos acompaña a lo largo de innumerables sucesos, aventuras, romances, amores, desamores, encuentros, desencuentros, borracheras, discusiones, festines,  y cualquier otro lance que ocurrirsenos pueda, junto a Tom Jones y a otros muchos protagonistas secundarios de la novela.

En cierto modo, la novela está escrita a imitación de nuestro Don Quijote, obra con la cual comparte bastantes elementos. Los más característico de ellos es la manera tan particular del autor de dirigirse al lector para comentarle cualquier cosa que se lo ocurra respecto al discurrir de la obra, así como la presencia de un sinnúmero de historias laterales y de algunos minicapítulos a modo de prólogo bastante originales.

El argumento sería mas o menos como sigue: Tom Jones, nacido en casa de señor rico sin saber muy bien como, se ve forzado a abandonar su hogar gracias a las malas artes del sobrino legitimo del señor de la casa. Tras múltiples aventuras de todo tipo, Tom vuelve a casa, recupera la herencia, y se casa con la bella Sophia. ¡ Cómo debe ser !. Y todos fueron felices y comieron perdices. A excepción del malvado sobrino,  Blifil.

La primera mitad de la novela me ha gustado mucho: la historia de Tom, sus amores clandestinos con Sophia, la enemistad entre Blifil y Tom y demás aventuras. Pero en cuanto Tom abandona el hogar y el folletín-aventura, o aventura-folletín, pasa a ser más bien picaresca y empiezan a aparecer personajes e historias que a ningún sitio conducen, la novela se ha empezado a hacer pesada.

De hecho, la segunda mitad de la novela ha sido un buen ejercicio de lectura diagonal.

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El Gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald

La relación entre libros y pelis y viceversa, siempre ha dado mucho juego. En este caso, una nueva peli de El gran Gatsby me ha impulsado a hacer una tercera lectura de la novela de Fitzgerald.

Ya había leído la novela en un par de ocasiones y no había conseguido encontrar en ella nada de equello que la ha convertido en eterna aspirante a gran novela estadounidense.

En esta tercera lectura he disfrutudado de la novela y debo decir que mucho tiene que ver con ello el intensivo bombardeo de imágenes y sonidos inolvidables que la gran película de Luhrmann, que ví hace poco más de una semana, me proporcionó.

Debería ser bien sabido que la historia de Gatsby, Jay, es la historia de un triunfador. Jay es un tipo de hipnótico atractivo, sediento de afecto, abrumasdo por una soledad quizá no deseada y enamorado de Daisy, esposa del magnáte Tom Buchanan. La novela discurre por los intentos de Gatsby, tímido e inseguro, de conseguir reanudar su historia con Daisy, interrumpida años atras cuando Jay todavía no era nadie.

Sonrió comprensivamente, mucho más que comprensivamente. Era una de esas raras sonrisas, con una calidez de eterna confianza, de esas que en toda la vida no se encuentran más que cuatro o cinco veces. Comtemplaba, parecía contemplar por un instante el Universo entero, y luego se concentraba en uno con irresistible parcialidad; comprendía a uno hasta que el límite hasta el límite en que uno deseaba ser comprendido, creía en uno como uno quisiera creer en si mismo, y aseguraba que se llevaba la mejor impresión que uno quisiera producir.

En mi opinión, las dos fortalezas de la novela tienen que ver con la capacidad de Fitzgerald como creador de atmósferas y con la elección de Nick Carraway como narrador de la historia.

Fitzgerald consigue recrear, o crear, quién sabe, la atmosfera de los felices 20 en Long Island, con tal maestría que la novela nos atrapa. Además, Nick Carraway, como narrador, es un personaje, secundario en la trama, pero con una relación privilegiada con Gatsby, que consigue transmitir al lector una parte importante de su amor por la figura de Jay.

Si a lo anterior, añadimos un final con fuerte carga dramática y el atractivo norteamericano por el self-made man, atisbaremos algunos de los elementos que han alimentado a lo largo de generaciones el éxito de la novela.

Las tribulaciones de Wilt, Tom Sharpe

Segunda novela de la serie de Wilt. En cierto modo, comparte con la primera novela de la serie virtudes y, quizá, algún defecto.

En mi opinión, lo más grande de esta novela, igual que de la anterior y quizá de las posteriores, es la genialidad, como creación literaria, del delicioso personaje de Henry Wilt. Su mordacidad, su capacidad para el sarcasmo y su habilidad para confundir y desorientar a cualquier representante del genero humano que se le aproxime lo hacen un personaje realmente divertido.

Su esposa, Eva, con su visión ridículamente alternativa y grotescamente moderna de la existencia, potencia la capacidad de Wilt para plantear situaciones insoportablemente estúpidas.

En esta novela nos encontramos con el matrimonio Wilt, acompañado de sus encantadoras y diabólicas cuatrillizas, que, gracias al incomprensible ascenso a jefe de estudisos de su politécnico de Henry, ha ascendido notablemente en la escala social.

Mientras tanto, Henry y Eva, siguen con sus paranoias particulares y, sin saber como, se encuentran envueltos en un delirante secuestro llevado a cabo por un comando terrorista-nihilista-anarquista.

En mi opinión, la novela acierta cuando sigue el discurrir de los pensamientos y sentimienentos de Wilt y nos hace partícipe de la dura crítica al sistema educativo norteamericano y a la hipocresia social de esa gran nación. Pero la novela falla cuando dedica más de la mitad al desarrollo y la conclusión del secuestro citado, que no tiene entidad suficiente para sostener la novela.

El asesino del canal, George Simenon

Aunque no soy fan de Maigret, me quedé con las ganas de leer alguna de sus historias tras el buen sabor de boca que me dejó Barrio negro.

Así que acabo de leer El asesino del canal. Bueno, en realidad ya hace casi diez días que la terminé, así que estas impresiones van a ser un poco más superficiales y lejanas de lo habitual.

Esta novela está escrita allá por 1931, y es la segunda de la serie de Maigret. Simenon nos cuenta una historia de asesinos y policías, pero esta novela, sobre todo, como casi todas de Maigret, es una historia costumbrista.

Simenon aprovecha un asesinato para mostrarnos, desde dentro, como es la vida en esa región que no se sabe si está en el norte de Francia, en Bélgica o en Holanda, porque podría estar en cualquiera de estos sitios. En esa región la vida discurre entre canales, barcazas y esclusas mientras las bestias se dejan la vida arrastrando mercancías por los canales y los policías todavía se desplazan en bicicleta.

Y el principal mérito de Maigret, o de Simenon, según se mire, es disolverse en la comunidad, para así, describir, desde dentro, con desapasionada intimidad, la vida dura y difícil de la gente del canal.

Frankenstein o el moderno prometeo, Mary Shelley

Formidable novela.

Curiosamente, no tenía ningún interés por leer esta novela. Quizá el hecho de que la historia sea tan archiconocida por sus versiones cinematográficas, me hacía pensar que ya me sabía la historia. Pero por aquello de que nunca debe prescindirse de los clásicos, hace unos días me puse con ella.

La sorpresa ha sido mayúscula. He disfrutado la historia y he sufrido con Víctor Frankenstein y con el monstruo. Además, la historia es tan sencilla que más que ante una novela, estamos ante un gran cuento.

Víctor Frankenstein, estudioso devorado por el ansia de conocer, se atreve a intentar crear una criatura y a darle vida. Tras mucho esfuerzo, lo consigue. Y antes de que la criatura pueda mostrar su naturaleza, su creador se asusta y la abandona a su suerte. El monstruo, perdido, solo, desorientado, necesitado de dar y recibir cariño, deambula por el país creando pavor entre los hombres. Tras alguna mala experiencia, huye al norte. Allí, se consagrará a estudiar, por una rendija de su casa, a una familia en la cree reconocer a gentes buenas que le pueden ayudar. Tras ingentes esfuerzos, intenta el contacto y de nuevo es rechazado con crueldad. Será la última vez. A partir de entonces, el monstruo dedica sus esfuerzos a encontrar a Víctor y a exigirle que cree una compañera que le permita sentirse vivo. Víctor se niega. El monstruo se encoleriza y destruye lo más querido por Víctor. A a partir de aquí, la historia se torna en una persecución que terminará en muerte y locura.

Los personajes de la historia han conseguido emocionarme hasta extremos dolorosos. Quizá el estar pasando por momentos emocionalmente difíciles haya contribuido a ello. En cualquier caso, la simplicidad de la historia, la primigenia lucha entre el bien y el mal, el conflicto eterno entre amor y desamor, la presencia de la naturaleza violenta y desatada, el sufrimiento y la locura son elementos que confieren a la novela una dimensión muy elevada.

Barrio negro, Georges Simenon

Llegué a esta novela pensando que era de Maigret. O sea, de rebote. Buscando algo ligero y entretenido. Y me he encontrado una gran novela.

Un joven ingeniero, Dupuche, y su esposa, Germaine, llegan a Panamá para hacerse cargo de una explotación minera. Antes de darse cuenta, de manera un tanto kafkiana, se encuentras aislados, olvidados, abandonados y sin dinero.

Poco a poco, la pareja se va abriendo a la ciudad. Antes de que nuestros protagonistas se den cuenta, su relación se desvanece. No llegaremos a saber cómo o por qué, pero Dupuche empieza un viaje a ninguna parte, prescindiendo de todo lo ajeno a su voluntad de cada momento, viviendo con desinhibición y abandono su particular historia de amor con una negra adolescente.

La novela es triste y desasosegante. Pero a la vez, no podemos dejar de leer, arrastrados con Dupuche en su particular desatino.

El exilio interior (biografía de María Moliner), Inmaculada de la Fuente

Hace tiempo que la figura de María Moliner  me despertaba cierto interés. Quizá por lo leído acerca del extraordinario valor de su diccionario, quizá por saber que del pequeño pueblo de Paniza pudo salir la más grande lexicógrafa española del siglo, quizá por el cariño que le tengo a la biblioteca de la UZ que lleva su nombre.

Cuando hace unos días me llego una oferta de una biografía de María Moliner, para el Kindle, por poco más de dos euros, no lo dudé.

La he leído en pocos días. Realmente, poco hubo en la vida de María Moliner de interés para el público general, excepto aquello que tiene que ver con la creación de su gran diccionario.

María Moliner, aragonesa, de familia culta y modesta, nacida con el siglo, tras estudiar filosofía en Zaragoza y Madrid, aprueba las oposiciones del cuerpo de archiveros. En sus primeros destinos, su modestia y discreción acompañará su trabajo en los archivos de Hacienda.

Será en la segunda república cuando María Moliner se haga un nombre entre la intelectualidad republicana y adquiera responsabilidades acordes con su valía. Lo hará, primero, en las Misiones Pedagógicas y, luego, trabajando en la expansión de la mínima red de bibliotecas por todo el territorio del bando republicano.
Más tarde, tras superar su expediente de depuración, y, probablemente, para dar salida a su caudal intelectual insuficientemente utilizado como bibliotecaria de la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, María Moliner se vuelca en la creación de su diccionario.

Trabajará en él durante casi veinte años, con tenacidad baturra, para sacar adelante su primera edición, ya cuando Moliner abandonaba la madurez y entraba, poco a poco en su vejez.

La impresión que el lector saca de María Moliner es la de una mujer capaz y consciente de su capacidad pero que a la hora de utilizarla al máximo, tiene reservas de hacerlo. Quizá el machismo imperante, especialmente en el ámbito intelectual, unido a su modestia y discreción, le pesan y le impiden destacar como quizá pudo hacer.

Quedará para la historia su diccionario y su trabajo en la mejora de la red de bibliotecas públicas de la España de entonces.